Los venezolanos tenemos códigos de humor que nos hermanan, nos hacen cómplices a la hora bromear. Y es que en Venezuela solemos hacerlo afirmando que determinada localidad es “un pueblo”, para enfatizar la humildad y la sencillez de la zona, y contrastarla, quizá, con una ciudad importante de la que comúnmente nos sentimos orgullosos. Así que “pueblo” ha estado siempre en nuestra mente como un lugar subdesarrollado.

De forma inconsciente, solemos hacer un claro contraste entre lo que se supone es un “pueblo” y lo que es una “ciudad”. Un pueblo representa un lugar subdesarrollado, no urbanizado, mientras que, una ciudad representa lo contrario, en pocas palabras. Sin embargo, siendo objetivos el pueblo es el conjunto de personas de un lugar, región o país, mientras que la “ciudad” es un asentamiento urbanizado y desarrollado económica y socialmente, y que, por cierto, no depende de las actividades agrícolas o ganaderas. Parece que uno de los términos se refiere al conjunto de personas, mientras que el otro a las condiciones en las que un grupo de la población se establece y hace vida en un escenario urbanizado. Tengamos en mente con la idea de urbanismo, las ideas de orden, progreso, modernidad.
Ahora bien, como quiera que sea, después de más de veinte años escuchando de los actores políticos que sus luchas y causas son “por el pueblo” (independientemente de sus posiciones), vale la pena detenernos por un momento a revisar entonces qué sentido tiene esto de ser pueblo… En el lenguaje político, el pueblo siempre requiere de la asistencia del Estado para sobreponerse a sus propios desafíos económicos, recibir asistencia para complementar por esa vía lo que no encuentra por sus propios medios, por eso, luchan y hacen “del pueblo” sus causas. ¡Educación, salud, dignidad para el pueblo! Puede ser el lema de campaña de cualquier líder político, de cualquier tolda o partido. Me atrevería a decir que el pueblo es la razón del negocio político, así ha sido desde siempre en los devenires sociales y políticos de nuestro hemisferio.
No obstante, en la cultura romana, la ciudadanía era un asunto de categoría y distinción. Ser ciudadano era un privilegio, una cuestión de estatus de libertad plena, participación en la vida política y social del imperio, y hasta un atuendo particular (toga), como señal de la dignidad de la “Civitas”. Entonces, en cuanto al discurso permanente de que “somos pueblo” sin contemplar otras figuras que reivindiquen nuestros deberes y derechos ciudadanos, vale la pena cuestionar el asunto.
¿Y siempre será así? Me pregunto. ¿Cuándo dejaremos de ser el pueblo que requiere de la permanente asistencia del Estado? ¿Cuándo comenzaremos a sentirnos como ciudadanos en pleno uso de sus derechos y con conocimiento y compromiso para asumir sus deberes? Permítanme parar acá, pues, un ciudadano se supone que es: una persona considerada como miembro activo de un Estado, titular de derechos políticos y sometido a sus leyes. También se define como un habitante de una ciudad o, en un sentido más amplio, alguien que pertenece a una comunidad, con derechos y deberes. Esta forma de entender nuestro rol en la vida de una nación nos marca una perspectiva más amplia y pertinente para avanzar como sociedad.
Pensar como ciudadanos es hacernos responsables de la vida cívica de la nación, actores críticos, pensantes y con criterio. Que no necesitamos en todo momento de la asistencia de terceros para hallar dignidad como seres humanos. Una cosa es que en un determinado escenario de la vida el Estado intervenga a nuestro favor para subsidiar una asistencia médica o educativa, a la cual no podemos acceder por razones económicas complejas y otros vicios estructurales, y otra muy distinta es que un grueso de la población piense que necesita de forma obligatoria de esta asistencia permanente para subsistir. “Intervención”, que, en todo caso, está subsidiada por los impuestos recaudados de los ciudadanos y el beneficio de las riquezas propias del país, valga la pena aclarar. Entonces, habiendo normalizado este pensamiento, estamos muy cómodos sintiéndonos “pueblo”, al cuidado de otros, sin criterio propio ni disposición a ejecutar de manera correcta un rol ciudadano. Dejando que otro se haga cargo de nuestro destino, nuestra prosperidad, nuestro bienestar.
La transición más difícil no va a ser la del poder entre políticos de un bando a políticos de otro bando. O de políticos de un bando a otros de su mismo bando, o de políticos que se reúnen de un bando y del otro para intentar reorganizar la repartición del poder en el país. Esa transición viene como consecuencia ineludible del pulso que la misma historia traza hoy para reorientar el sentido de la nación. Indudablemente, la transición más difícil viene de parte de cada uno de los que nos hemos quedado, que necesitamos abandonar la dimensión desidiosa que acompaña la visión de “ser pueblo” (en la connotación abusiva que se le ha dado al término) y abrazar la responsabilidad que tenemos hoy de ser ciudadanos comprometidos con sus diversos roles, con el crecimiento y el bienestar de la nación.
La transición más difícil va a ser la de aquellos que migraron, y que aprendieron a ser “ciudadanos” a la fuerza, en países donde las cosas cuestan y se pagan, donde las normas se respetan, donde las leyes se cumplen, donde los derechos son salvaguardados por el Estado, y los deberes son exigidos como indispensables para la integración ciudadana. Quienes se incorporan nuevamente a esta partida, bienvenidos, pero vengan con el mismo aprendizaje ciudadano que adquirieron a las malas en otras latitudes, y no las dejen de lado por sentirse en confianza, “ya estamos en casa”. Al contrario, porque estamos en nuestra casa, convivamos en ella construyendo una nueva ciudadanía.
La transición más difícil será la de reeducarnos y comenzar a educar desde una perspectiva responsable a las nuevas generaciones para que no queden siendo “pueblo” y que se comprometan a ser “ciudadanos” desde temprana edad.
La transición más difícil va a ser la que nos toca en lo individual y en lo colectivo a un modelo social más justo, honesto y virtuoso, la que le toca al funcionario público que aprendió a subsistir a “costillas del pueblo”, y la que le corresponde al pueblo que aprendió múltiples vías arteras para lograr uno que otro favor que resolviera o aliviara sus necesidades.
En fin, muchos están alertas y exigiendo “transiciones”, pero es indiscutible que la verdadera transición, la más difícil, pero la más necesaria, es la que vendrá de nuestro cambio de mente (Gr. Metanoia) y de la reformulación de una nueva forma de ser ciudadanos proactivos y responsables de esta hermosa Venezuela.
Por Abihail Lara
Escritor, teólogo, psicólogo y emprendedor venezolano
Instagram: @Abihaillara
